Tras dos años de preparativos, la UE ha puesto en marcha su nuevo Pacto de Migración y Asilo. Diseñado para blindar las fronteras externas de los Veintisiete y acelerar los procesos de retorno.
El Parlamento Europeo lo aprobó en 2024, aunque dio a los Estados un plazo hasta junio de 2026 para preparar su aplicación.
En este tiempo no solo se han adaptado reglamentos, sistemas de asilo y controles fronterizos, también se ha ido redefiniendo el relato europeo sobre la inmigración.
A tan solo unos días de la visita del papa en España, en la que ha defendido la acogida y la integración de migrantes como pilares para reconstruir el futuro, el mensaje parece haberse difuminado. Ha entrado en vigor el nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo de la Unión Europea, una profunda reforma que demandó una década de negociaciones y pretende unificar los criterios del bloque frente a la inmigración.
El mismo consiste en más controles en las fronteras, procedimientos de devolución más rápidos y la puesta en marcha de nuevos centros en territorio europeo.
Mientras Bruselas lo presenta como una «solución efectiva, justa y firme» al reto migratorio y sostiene que la UE contará ahora con «fronteras exteriores más fuertes, sus detractores lo critican por alejar a los migrantes de todo aquello que les da sentido: sus países, sus sueños y sus familias, y por permitir incluso su retención durante hasta dos años mientras se resuelve su situación.