La militarización temporal de Cúcuta, ordenada por el presidente Abelardo de la Espriella ante el incremento de la violencia, ha generado reacciones favorables entre líderes comunitarios, comerciantes y representantes gremiales. La medida contempla el despliegue de fuerzas militares y el fortalecimiento de las operaciones de seguridad, incluyendo la campaña Esparta y el Bloque Operacional de Seguridad Urbana (BOSUR), previsto a partir del 3 de noviembre. Diversos sectores consideran que esta intervención puede contribuir a recuperar la tranquilidad ciudadana y proteger la actividad económica.
Sin embargo, dirigentes comunitarios señalan que la presencia militar debe extenderse a los barrios periféricos, las principales vías de acceso y las zonas rurales. También insisten en la necesidad de complementar estas acciones con patrullajes policiales, mejor alumbrado público, cámaras de vigilancia, labores de inteligencia y estrategias sostenibles que permitan prevenir el resurgimiento de la delincuencia una vez concluido el despliegue militar.
Representantes del comercio, el transporte y los centros de abastecimiento respaldan la medida, especialmente ante el temor generado por los recientes atentados y sus efectos sobre las ventas y la movilidad. Destacan, además, la importancia de garantizar la seguridad de los habitantes de Cúcuta y de las personas venezolanas que cruzan diariamente la frontera. En general, las opiniones recogidas coinciden en que la respuesta a la violencia requiere tanto acciones inmediatas de seguridad como soluciones institucionales de largo plazo.